Con los años me he convertido en un freaky de los periódicos. De visitar las redacciones de diarios extranjeros, para concretar. Lo hice en Roma con Il Messagero; lo acabo de hacer en Dublín con The Irish Times. No es que haya un servicio turístico preestablecido; sólo me acerco y pregunto. Este año conmemoran el 150 aniversario del diario irlandés, con seguridad uno de los periódicos en activo más antiguos del contienente. Entro en la sede de Tara Street con unos compañeros y en pocos minutos nos recibe el redactor-jefe de nacional, Kevin O'Sullivan. Tiene un inglés muy suave y habla de forma pausada, con que nos entendemos bien. Subimos a la planta donde trabaja la mayoría de periodistas. Nos explica dónde se ubica cada sección en aquella sala rectangular. A un lado trabajan los redactores de internacional; junto a ellos, unas mesas hacia la derecha entramos en los dominios de sociedad y cultura; a su lado, los huesos duros de la política irlandesa, nacional, y entonces llegamos a un espacio circular, con un gran vacío en el centro y con sillas y mesas en la periferia. Aquí toma las decisiones la dirección, debaten los jefes de sección y el director de arte y los diseñadores (tres, en total) distribuyen los contenidos. Al otro lado del círculo, como en un mundo aparte y en silencio, en contraste con el resto de periodistas de la sala, trabajan los de economía (diez). A los de deportes no les veo. Están en otra planta. The Irish Times cuenta con una plantilla de 70 redactores, diez de ellos corresponsales (en Londres, Belfast, París, Roma, Washington o Madrid; también con un equipo permanente en el Parlamento y escritores que colaboran de forma puntual en otros países). "El diario considera que lo que ocurre en el mundo es importante", remarca O'Sullivan. La profusión y profundidad de información internacional y de finanzas suele caracterizar a los diarios catalogados de serios, y éste lo es. Dispone de una tirada de 130.000 ejemplares cada día, bastante para un país de unos cinco millones de habitantes, y su edición en línea fue una de las primeras de Europa. ¿Quién es el propietario?, le pregunto. "No hay". Respuesta meridiana. Son muchos pequeños propietarios, es un trust. "Para preservar la independencia -puntualiza el periodista irlandés- y para evitar ser comprados por Rupert Murdoch". Ríe mientras menciona al magnate, pero se patentiza un cierto respeto a poder perder las garantías de libertad en los tiempos que corren. martes 1 de septiembre de 2009
The Irish Times: 150 años de periodismo
Con los años me he convertido en un freaky de los periódicos. De visitar las redacciones de diarios extranjeros, para concretar. Lo hice en Roma con Il Messagero; lo acabo de hacer en Dublín con The Irish Times. No es que haya un servicio turístico preestablecido; sólo me acerco y pregunto. Este año conmemoran el 150 aniversario del diario irlandés, con seguridad uno de los periódicos en activo más antiguos del contienente. Entro en la sede de Tara Street con unos compañeros y en pocos minutos nos recibe el redactor-jefe de nacional, Kevin O'Sullivan. Tiene un inglés muy suave y habla de forma pausada, con que nos entendemos bien. Subimos a la planta donde trabaja la mayoría de periodistas. Nos explica dónde se ubica cada sección en aquella sala rectangular. A un lado trabajan los redactores de internacional; junto a ellos, unas mesas hacia la derecha entramos en los dominios de sociedad y cultura; a su lado, los huesos duros de la política irlandesa, nacional, y entonces llegamos a un espacio circular, con un gran vacío en el centro y con sillas y mesas en la periferia. Aquí toma las decisiones la dirección, debaten los jefes de sección y el director de arte y los diseñadores (tres, en total) distribuyen los contenidos. Al otro lado del círculo, como en un mundo aparte y en silencio, en contraste con el resto de periodistas de la sala, trabajan los de economía (diez). A los de deportes no les veo. Están en otra planta. The Irish Times cuenta con una plantilla de 70 redactores, diez de ellos corresponsales (en Londres, Belfast, París, Roma, Washington o Madrid; también con un equipo permanente en el Parlamento y escritores que colaboran de forma puntual en otros países). "El diario considera que lo que ocurre en el mundo es importante", remarca O'Sullivan. La profusión y profundidad de información internacional y de finanzas suele caracterizar a los diarios catalogados de serios, y éste lo es. Dispone de una tirada de 130.000 ejemplares cada día, bastante para un país de unos cinco millones de habitantes, y su edición en línea fue una de las primeras de Europa. ¿Quién es el propietario?, le pregunto. "No hay". Respuesta meridiana. Son muchos pequeños propietarios, es un trust. "Para preservar la independencia -puntualiza el periodista irlandés- y para evitar ser comprados por Rupert Murdoch". Ríe mientras menciona al magnate, pero se patentiza un cierto respeto a poder perder las garantías de libertad en los tiempos que corren. El Liffey
Mulligan's
La Gran Hambruna
Algunos expertos dicen que la Gran Hambruna (Great Famine) que azotó Irlanda entre 1845 y 1849 (aunque los efectos se han dejado notar durante la historia posterior de este país), no debería llamarse así. Porque hay hambre cuando no hay alimentos. Pero en este caso, en la Irlanda de hace siglo y medio, sí había, y muchos. Desde que vino de América, la patata se convirtió en la única pieza de la pirámide nutricional. El clima y las condiciones de la tierra favorecían el cultivo. Sin embargo, en 1844 un hongo afectó a la patata y se dejó de consumir. Ante eso mucha gente murió de hambre y otros muchos emigraron a Estados Unidos, Reino Unido y Australia. En cuatro años, Irlanda pasó de 8 millones de habitantes a 2. Y de los que emigraron, muchos no llegaron. Barcos no preparados para transportar a tantas personas; muchas de ellas enfermas y débiles que no resistieron un viaje tan largo en condiciones insalubres. Pero si había otros alimentos, ¿por qué no se los comían? Irlanda fue colonia británica durante ocho siglos, hasta la independencia en 1921. Era un país agrícola y con una estructura casi feudal, donde la propiedad de la tierra recaía en los terratenientes ingleses mientras los irlandeses sólo la trabajaban, pagando además rentas para vivir en una pequeña parcela de terreno. Inglaterra vivía el auge de la revolución industrial y los obreros no tenían tiempo para cultivar nada. Irlanda era el granero que abastecía a la Gran Bretaña, que no consintió a los irlandeses comerse lo que producían para así evitar morir de inanición.